martes, 22 de septiembre de 2015

Cómplices.

Conmigo le he oído risas que no hace con otros.
Siento que sabe que estamos solas y que, aunque me reconoce como su mamá, me reconoce igual como ese alguien con el que puede estallar en risas tontas, tontas, tontas.

Me mira buscando la manera de invitarme a jugar, a desordenar el mundo, a revolcarlo todo sin que nada importe y aunque existan los limites y se los recuerde, no importa, soy su cómplice y su mejor aliada para reír por bobadas, pero bobadas que no me explico como ella, de tan solo un año, ya entiende.

Se cae de mi mano por tercera vez ese trozo de torta que deseo darle de comer...es inevitable, la risa se apodera de ella y estalla en carcajadas contagiosas.

Me golpeo la mano al intentar alcanzar el tenedor y es detonante suficiente para que retumbe en la cocina esa risa pegajosa e irresistible.

Debo mantener la compostura, lograr recordar que soy el adulto responsable de este pedacito de ser que se involucrara en la sociedad dentro de poco; debo mantener la calma y que no se apodere mi la risa.

Titubeo un poco pero lo logro. Logro entender que este momento puede que jamás se repita y que en realidad vale oro puro, así que llena de jubilo acompaño a mi hija en su momento de desorden y felicidad, en nuestro momento de aprendizaje.

Esta decidido, se dejará para otro momento del día la cordura y la disciplina exagerada. Justo hoy, hemos decidido que el almuerzo sea un poco más divertido que sabroso, un poco más chistoso que lleno de normas e instrucciones...pero es solo por hoy.

No hay comentarios:

Publicar un comentario